jueves, junio 21, 2007

Qué es la terapia

Gran controversia rodea a la definición misma de "psicoterapia". No parece haber un concepto universalmente aceptado; entre otras cosas, porque la variedad de prácticas que se llaman a sí mismas "terapia" es en el mejor de los casos inabarcable -y, en el peor, absurda.
En un libro, por lo demás interesante, he dado con la mejor definición de terapia que he leído nunca. Los juegos de palabras sobre el término "ask" la hacen difícil de traducir, de modo que la copio tal cual:
What is a therapist that a client may consult her, and a client that he may consult a therapist? Clients are clients because they ask therapists for help. But the person asked is the wrong person, and the question posed is the wrong question. Therapy is a process wherein the client learns how to stop being a client by discovering how not to ask the wrong person the wrong question. At the same time, the therapist must learn how to stop being the therapist by not answering the wrong question right away and discovering how to not-answer the wrong question in a right way.
Douglas Flemons, Completing Distinctions

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viernes, marzo 02, 2007

EMDR y la pluma de Dumbo

El protagonista de la película de 1941 Dumbo, el Elefante Volador es un pequeño y dulce elefante que nace con orejas gigantescas y es despreciado -hasta que descubre que, gracias a sus orejas, puede volar.

Bueno, no es exactamente así. Nosotros, los espectadores, sabemos que la fuente de su poder son sus orejas; pero Dumbo (cuya confianza en sí mismo es muy frágil; a fin de cuentas, todo el mundo se ríe de él) no se lo puede creer. Un bondadoso ratón, Timoteo, resuelve el conflicto dándole una "pluma mágica" y diciéndole: "mientras la tengas contigo, ¡podrás volar!"

Estoy seguro de que Timoteo, como el genial psicólogo que era (todos los ratones lo son; sólo pensemos en cuánto le enseñaron a B. F. Skinner y sus colegas), se sabía de cabo a rabo el concepto de "respuesta placebo". Pues eso es la pluma: una "receta" que no tiene ninguna influencia sobre el problema pero que suscita una mejoría debido a que el paciente se fía de ella.

Placebo y responsabilidad
Podría parecer que el "efecto placebo" es indiscutiblemente benéfico. Pero el director de Dumbo (y la psicología) son conscientes de que tiene sus costos. Para empezar, el uso del placebo puede evitar que el paciente reciba un tratamiento verdaderamente eficaz.

Pero hay una implicación más onerosa -porque es más soterrada: el placebo reduce (o redistribuye) la responsabilidad de la persona sobre sí misma. Como Dumbo, quien usa placebos deposita en ellos un poder o capacidad que, en esencia, proviene de sí mismo. De ahí que, a corto plazo, el placebo funcione -y Dumbo pueda volar. Mas, cuando la pluma desaparece, la persona ha de enfrentarse nuevamente a su dolencia -y Dumbo a su creencia de que no sirve para nada.

Por eso es tan brillante el personaje de Dumbo: porque es un niño que consigue crecer plantando cara a su miedo más terrible -el miedo a "caer", a no ser nadie, a no valer la pena. La escena en que descubre que no es la pluma sino él quien vuela es también el punto de inflexión de su vida. Segundos antes, era aún un niño -asustado, tímido, dependiente; ahora, es casi un adulto, plenamente consciente de sus poderes y limitaciones. Pues crecer implica, entre otras cosas, asumir progresivamente la responsabilidad sobre la propia vida en diversos ámbitos y ocasiones.

EMDR: la "penicilina" de la psicología
El título no es mío; proviene de esta página, que compara la invención de la Eye Movement Desensitization and Reprocessing (EMDR) con el descubrimiento de la penicilina. Singular despropósito que traiciona la nula credibilidad de la información que allí encontramos. (Por desgracia, esta exageración casi megalómana no parece la excepción sino la regla, a juzgar por la cantidad de volantes, afiches y mensajes de propaganda de la EMDR que he podido ver).

La EMDR fue inventada (¿o descubierta?) por Francine Shapiro. Según la leyenda, Shapiro gustaba de pasear por el parque para dar vueltas a sus problemas. Un buen día, reparó en que, mientras lo hacía, miraba alternativamente a izquierda y derecha sin fijar su vista en nada en concreto; y que eso contribuía a calmar su ansiedad. Consciente de la singular importancia de esta aparente nadería, procedió a ponerla a prueba con sus pacientes: les hacía recordar o revivir escenas traumáticas mientras miraban su dedo, que movía rítmicamente de lado a lado. ¡Y los pacientes mejoraban! (O eso dice ella; la evidencia no es nada concluyente). La "explicación" de Shapiro fue que el movimiento ocular estimula alternativamente los dos lados del cerebro y que esto, a su vez, favorece el "reprocesamiento" de los "recuerdos traumáticos".

Como suele ocurrir, Shapiro procedió a adquirir los derechos de la "tecnología de reprocesamiento" y a crear un sistema de enseñanza. Sólo quienes lo siguen están "autorizados" a practicar esta terapia (lo cual recuerda a la "imposición de manos" de la Iglesia Católica, al psicoanálisis ortodoxo y a la Cientología); y deben firmar un acuerdo en el que prometen no enseñar la técnica a otra persona por su propia cuenta. Todo lo cual va en contra del libre acceso a la información que es consustancial a la ética científica, pero permite generar un negocio rentabilísimo mediante "franquicias" de enseñanza (que, por su parte, proclaman la eficacia de la EMDR con bombo y platillo).

Los adeptos a la EMDR se la creen a pies juntillas; forman un grupo selecto y convencido de la eficacia de su terapia. Lo curioso es que los estudios controlados no han demostrado fehacientemente que la EMDR sea más eficaz que cualquier otra forma de terapia -o, de hecho, que la ausencia de cualquier terapia.

La "penicilina", en disputa
No hay que sorprenderse; ciertamente, es sumamente difícil diseñar y poner en marcha un experimento para demostrar la eficacia de cualquier psicoterapia. Pero hay detalles que arrojan una duda razonable sobre las pretensiones casi megalómanas de algunos defensores de la EMDR.

En concreto, que la aplicación de la técnica a personas ciegas o sordas "demostró" que no hace falta el "movimiento ocular" para alcanzar los éxitos de la EMDR tradicional. Se pueden usar sonidos o toques en el cuerpo, siempre y cuando (se supone) alternen rítmicamente de lado a lado. De ahí que Shapiro la haya rebautizado de "Terapia de Reprocesamiento".

En este punto, una de dos. O bien, en efecto, el movimiento ocular no es más que una instancia de un fenómeno más general, la activación rítmica de los dos hemisferios cerebrales, que también puede provocarse mediante otros "canales sensoriales" (y ésta es la explicación de Shapiro); o bien los toques, ruidos y dedos que se mueven son simplemente la Pluma de Dumbo.

¿"Reprocesamiento"?
No queda nada clara la manera en que "la activación rítmica de los dos hemisferios cerebrales" podría contribuir a "reprocesar" los recuerdos "traumáticos". Para ser rigurosos, tampoco queda claro en qué consiste dicho "reprocesamiento"; y sobre la idea del "trauma", tan querida por el psicoanálisis freudiano, la teoría cognitiva la ha desmentido exhaustivamente.

Para que una hipótesis como la del "reprocesamiento de los hemisferios" tenga sentido no basta con enunciarla; es fundamental inquirir en su mecanismo causal. La cháchara sobre "activación rítmica de los hemisferios" no basta; se necesita una hipótesis enunciada con suficiente precisión y rigor como para ser puesta a prueba mediante estudios del cerebro. (Aquí hay unas cuantas).

EMDR y exposición al estímulo
Muchos críticos han señalado que la EMDR es muy parecida a una técnica tradicional de la terapia cognitivo-conductual: la exposición, que consiste en hacer que la persona afronte, imaginaria o realmente, las situaciones que le producen temor o ansiedad. "Se trata de la tradicional exposición más el movimiento de los dedos", dicen.

Esta idea no parece muy correcta. La exposición precisa que la persona se mantenga imaginando ininterrumpidamente y sin distracciones la situación ansiógena por un buen rato (no menos de 25 minutos), para que su sistema nervioso "decondicione" la respuesta de ansiedad. La EMDR, por el contrario, requiere que la persona pase de imaginar o recordar la escena a prestar atención a los dedos, toques o ruidos y de nuevo a la escena, y así sucesivamente. Si el principio de la EMDR fuera la exposición, esta forma de actuar tendería a empeorar, y no mejorar, los síntomas. (Para una exposición de cómo se realiza la EMDR, véase aquí).

EMDR y "flujo de consciencia"
No. Si a algo se asemeja la EMDR, es a una "técnica" que Michael Mahoney bautizó de "flujo de consciencia" -pero que existe desde el amanecer del mundo con nombres como "meditación vipassana" o "contemplación".

El término "vipassana" es singularmente exacto, pues significa "ver con claridad", "ver las cosas como son en realidad" o "discernir y diferenciar". "Flujo de consciencia" es el nombre que William James le dio al acto de, sencillamente, prestar atención irrestricta e ilimitada a la sucesión de experiencias (pensamientos, recuerdos, imágenes, sensaciones...) que acaecen en la mente en un momento dado, sin interrumpirlas ni reconducirlas. Por último, "fantaseo" es la variedad de flujo de consciencia que experimentamos día tras día mientras realizamos actividades mecánicas que no requieren nuestra total atención (conducir, cocinar, planchar, ver televisión, etc.); se caracteriza por no ser irrestricto -pero tampoco profundo.

Olvidado hasta hace no mucho, el "flujo de consciencia" ha vuelto por sus fueros a la psicología, la neurociencia y la ciencia cognitiva. Hay algunas razones; ante todo, que todo el mundo lo experimenta varias veces al día; que en el flujo de consciencia la "mente" se despega de la entrada sensorial para seguir sus propios patrones de asociación; y que la meditación vipassana (aquí llamada "mindfulness") parece producir efectos benéficos -relajación, distanciamiento de los problemas, etc.

Dificultad y efectos del flujo de consciencia
Cualquiera puede atestiguar que el "flujo de consciencia" puede ser peligroso y dar lugar a resultados inesperados y espectaculares. Basta con que lo intente. Tómese una media hora de tiempo libre, vaya a una habitación donde nada ni nadie lo distraiga, recuéstese o siéntese, cierre los ojos (si quiere) y deje su mente en libertad. Limítese a ver qué imágenes o ideas surgen en ella, hacia dónde conduce, sin interrumpirla ni desviarla. Verá lo difícil que es.

Estamos habituados a recorrer un camino bien delimitado y seguro cada vez que pensamos y a reaccionar con un firme "¡no!" cuando nuestra cabeza, ocasionalmente, nos lanza recuerdos o escenas incómodas (molestas, tristes, vergonzosas). "¡No! ¡Yo no puedo estar pensando eso! ¡Yo no soy así!" -suele ser nuestra respuesta automática. Inhibirla trae consigo un costo difícil de afrontar.

Porque sí, en efecto, sí que eres así; sí que piensas en violencia, sexo, muerte, en todo lo horrible y repugnante, en tus momentos más aciagos y terribles -aquellos que has tratado de olvidar o ignorar toda la vida. Cuando sueltas el timón de tu mente ésta se ve atraída casi inexorablemente por los remolinos -casi nunca por las zonas de calma.

Las reacciones inmediatas a este descubrimiento, a la consciencia inescapable de cómo es tu mente y de qué tiende a fanteasear, suelen ser poderosas y dramáticas. El estado de ánimo cambia de repente: ira, dolor, tristeza, ansiedad, asco, se suceden vertiginosamente sin solución de continuidad. Las personas tienen espasmos, se agitan o lloran, se levantan o cubren la cara con las manos. Pueden desmayarse, sudar, tener náusea, hiperventilar... Toda una plétora de eventos que, si la persona no ha sido advertida y el terapeuta no está preparado y no confía en su propia competencia, pueden volverse desastrosos.

La pluma de Dumbo
Esta última frase nos da la pista de lo que la EMDR hace -y una posible explicación de su éxito. El flujo de consciencia es medicina peligrosa pero potentísima; es lo más cercano que existe a la experiencia directa de nosotros mismos y genera cambios sumamente abstractos en la manera en que abordamos la vida. Es, pues, harto eficaz -una vez que se consigue trascender el inmenso dolor inicial. (El Libro Tibetano de los Muertos es, entre otras cosas, una crónica metafórica de este mismo proceso: cada vez que el "muerto" observa algo terrorífico, el libro le dice: "no temas, no huyas; recuerda que todo eso ha sido creado por tu mente, y conseguirás liberarte").

La EMDR es flujo de consciencia más la pluma de Dumbo. Al ofrecer una conducta sencilla e intrascendente (ver los dedos moviéndose, escuchar ruidos a cada lado, etc.) y convertirla en el centro de la terapia, en el foco de la eficacia, terapeuta y paciente depositan la responsabilidad en un placebo -y se liberan de la ansiedad concomitante; lo cual los pone en la mejor posición para sumergirse en las procelosas aguas de la mente del último. El "principio activo" no son los dedos, los toques ni nada de eso; es la sencillez de ver cómo eres, del ceder el control de la consciencia. Pero los toques y los ruidos tranquilizan al paciente -y, sobre todo, al terapeuta.

(Es decir, una vez más, la técnica sirve para acallar el miedo).

La pluma de Dumbo, pues.

Sólo resta por saber cuánto tiempo tardará la psicología en constatar que es Dumbo, y no la pluma, quien consigue volar; y en devolverle la responsabilidad al terapeuta y a la persona -y quitársela a unos dedos oscilando en el aire, unos zumbidos a derecha e izquierda.

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domingo, enero 28, 2007

Conócete a ti mismo

Me parto de risa cuando me entero de que hay quien me considera un salvador o mesías. Porque, ya saben, ¡yo sí que sé cómo soy!
Alan Watts.

miércoles, enero 10, 2007

El canto del cisne

Uno de los más importantes teóricos y psicoterapeutas constructivistas fue Michael Mahoney. A lo largo de sus treinta años en la profesión hizo aportaciones notables a la reflexión sobre la complejidad, la "encarnación" de la experiencia humana, la relación entre emociones y cambio, y muchas otras áreas.

El 31 de mayo del 2006, Michael se quitó la vida.

Debo admitir que ese hecho me dejó pasmado durante algún tiempo. Un hombre tan lleno de esperanza y amor, tan amable y gracioso, alguien que había sido ejemplo para incontables terapeutas de dos generaciones... Simplemente no te puedes creer que alguien así se suicide.

Pero Michael lo hizo. Y dediqué la mitad del año pasado a reflexionar sobre sus motivos y la posición en que su partida nos había dejado.

Sin obtener respuesta alguna.

Un buen día cobré el valor suficiente para leerme su último libro, Psicoterapia Constructiva.

Es lo mejor de él que he leído. Lleno de ternura y respeto, a veces compasión; tan intenso que bordea lo sublime.

Lo cerré, fascinado y transido; y la explicación que había buscado en vano vino a mí de repente.

Era su canto de cisne.

Michael lo había reunido todo al escribirlo: era una ventana abierta a su alma. Un legado de sabiduría y pasión. Tan potente que lo había agotado.

Y con esta respuesta, la posición en que nos encontrábamos era súbitamente meridiana:

Ahora, su legado está en nuestras manos. Es tarea nuestra hacerlo crecer.

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domingo, septiembre 24, 2006

Upaya y terapia

El budismo es proceso y no contenido
Como bien señala Alan Watts, el budismo debe entenderse no como una "filosofía" sino como un diálogo; es decir, no como un contenido específico de sabiduría a "transmitir" sino como un proceso de aprendizaje y crecimiento espiritual en el contexto de la relación entre aprendiz y maestro.

En realidad, el diálogo es también el inicio de la filosofía griega. Parece que Platón coincidía, a este respecto, con el Buddha; sus escritos consisten justamente de diálogos donde lo que prima es el proceso de búsqueda de la verdad, ejemplificado por las preguntas de Sócrates, por sobre el contenido especifico o el tema en debate.
Parecida estructura tienen otras obras maestras de la filosofía; más recientemente, las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein, escritas como una conversación del filósofo consigo mismo donde los argumentos se suceden y superponen de manera errática, entremezclados con ejemplos y "experimentos mentales".

Upaya: medios convenientes
En el diálogo budista, el maestro utiliza los llamados Upaya, "medios hábiles" o convenientes para "despertar" al discípulo poniendo en jaque su lógica para forzarle a salir de ella. El koan zen es un heredero de estos upaya; como, por ejemplo, la siguiente historia:
Un monje pidió a Zhaozhou que fuera su maestro.
Zhaozhou le preguntó: "¿has comido ya?"
"Sí", respondió el discípulo.
"Entonces, ve y lava tu plato".
En ese momento, el discípulo alcanzó la liberación.
El aparente sinsentido del cuento es precisamente la fuente de su poder; pero sólo puede ser experimentado, no explicado. Y si alguien objeta que esto es absurdo e imposible, basta con indicarle que lo mismo ocurre en todos los terrenos de la existencia.
Un chiste, por ejemplo, no puede explicarse; si hace falta explicarlo, pierde toda su gracia -y deja de ser un chiste para volverse una sucesión de palabras. La risa es el único indicador de la comprensión -como el llanto o los suspiros indican que se ha entendido un buen poema y los gemidos, que se ha disfutado de una buena comida.

La visión yang: el upaya como "poder"
La tradición estratégica, tan típicamente yang, ha enfatizado la "habilidad" técnica del "maestro", su ingenio, vivacidad y "poder". Milton Erickson ocupa, en el panteón estratégico, el lugar de los maestros zen más reputados: su figura continúa generando controversia, admiración rayana en la idolatría -¡y un mercado nada despreciable de seminarios, congresos, talleres y terapeutas!
La fascinación se debe, creo yo, al aura de magia que lo rodea y que se acentúa con cada nuevo seminario e historia, donde Erickson resuelve síntomas o patologías de larga data con una o dos frases cegadoramente penetrantes, una o dos prescripciones paradójicas, una o dos metáforas insondables.

Y lo triste es que, por más que el propio Erickson luchara toda su vida contra la idea de que el hipnotista tiene un "poder" sobre el hipnotizando, su figura y el modo en que es utilizada ha contribuido, quizá más que ninguna otra cosa, a la creación y decadencia de algunos de los más temibles gurúes de la psicoterapia -y a la concepción de la terapia como una batalla y del terapeuta como un "amo de la guerra psicológica" por el "bien" de las personas.

Desmitificando a Erickson
La realidad era mucho más prosaica (según Scot Giles, hipnoterapeuta mundialmente famoso). Efectivamente, Erickson podía hacer entrar en trance a una persona con un solo gesto -y es esto lo que más se publica y afirma.
Lo que se olvida decir, a sabiendas o no, es que para conseguir dicha proeza Erickson dedicaba seis u ocho sesiones preparatorias a enseñar a la persona a entrar en trance -¡y cobraba cada una de ellas!

Sus intervenciones, pues, no eran ni tan "brillantes" ni tan "espontáneas" como se suele creer; se basaban en un extenso conocimiento de la persona y su contexto, y sucedían en medio de una terapia más o menos prolongada.

Quizás Erickson contribuyó inadvertidamente a su mitificación. Por un lado, cuando redactaba sus historias clínicas se centraba en las últimas sesiones, en las cuales introducía las intervenciones que le han ganado fama (regresiones a un período anterior al síntoma, prescripciones sintomáticas paradójicas, etc). Y, por otro, hacía demostraciones públicas de hipnosis en seminarios y conferencias con singular éxito. Pero allí sus sujetos eran psicólogos o psiquiatras con años de entrenamiento en alguna escuela psicológica y con cierta experiencia en hipnosis; ¡totalmente diferentes del paciente promedio!

La visión budista: el upaya y la compasión
Esta perspectiva yang, aunque atractiva, termina por traicionar el sentido original del upaya -que era, naturalmente, yin.

En el budismo, el upaya no nace de la habilidad o competencia técnica del maestro sino de su compasión; de su capacidad de vibrar al unísono con la experiencia de sus discípulos, de entender su sufrimiento como propio y señalar con su actividad la salida de la trampa, la vía a la trascendencia.

La razón es muy sencilla: cada persona es un mundo, cada caso es diferente. No pueden formularse reglas universales; o más bien, han de formularse, pero nunca seguirse al pie de la letra. Si el maestro siguiera una regla para liberar al discípulo, no habría necesidad del maestro, sólo de la regla; cosa que olvidan quienes se esmeran en redactar los manuales de psicoterapia que tanto éxito tienen entre los estudiantes.

Asimismo, si el maestro hubiera de seguir una regla, él tampoco estaría liberado, sino cautivo de la misma regla; ¡mal podría liberar a nadie!

El upaya, la palabra justa o el silencio exactos, nacen de la compasión, no de la razón.

Equivalentes contemporáneos del upaya
Me parece que la idea de upaya, tal y como se sigue en la vía zen, se asemeja al "perturbador estratégico" de la terapia posracionalista, donde el terapeuta desequilibra hábilmente los "significados" del paciente, su forma de explicarse y organizar su experiencia, con el fin de moverlo a complejizarla y flexibilizarla.

Algo parecido persiguen la "confrontación" de Minuchin, la "contraparadoja" de Milán y las locuras que profería Whitaker, el más zen de los pioneros sistémicos: perturbar el "sistema familiar" retándolo a ampliarse. Todos ellos coincidían en que el terapeuta debe "ingresar" a la familiar, "coparticipar" con ella, antes de "confrontarla".

Es decir, que la intervención se cocina en el caldo de la compasión y la empatía -aunque la técnica determine su sazón.

Dos ejemplos célebres de Upaya
Para terminar, dos ejemplos de upaya famosos y brillantes, sin más comentario.

El primero es una anécdota de Alfred Korzybski, fundador de la Semántica General, inspirador de Bateson y Kelly y autor de la archiconocida frase "El mapa no es el territorio".

Habían pedido a Korzybski que diese una conferencia en una prestigiosa escuela femenina donde tenían una "alumna problema", demasiado pedante y pagada de sí misma. Korzybski, que siempre daba sus charlas sentado detrás de una mesa, pidió a la chica (tras ser presentado) que se sentara junto a él. Ella aceptó inmediatamente, llena de orgullo.

En medio de la charla, Korzybski extrajo de sus bolsillos una cajetilla de cigarrillos, una boquilla y una caja de fósforos; luego, sin dejar de hablar, colocó ostentosamente un cigarrillo en la boquilla. La chica, que había contemplado la escena con interés, avanzó hacia la caja de fósforos y, a una señal casi imperceptible de Korzybski, procedió a tomarla para encender su cigarrillo. Para su sorpresa ¡la caja estaba vacía!
En ese punto, Korzybski interrumpió su conversación y la miró fijamente, al igual que todos los asistentes. La chica, sin inmutarse, dio vuelta a la caja y espetó: "¿A quién se le ocurre andar con una caja de fósforos vacía?"
Con un gesto displicente, Korzybski replicó: "Querida, el mundo es mucho más grande de lo que puedes imaginarte"; y depositó la boquilla en la mesa.

Al rato, sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo otra caja de fósforos, la puso en la mesa y tomó la boquilla. La chica, una vez más, esperó ansiosa para encender el cigarrillo; pero esta vez, se acercó la caja al oído y la agitó; y al escuchar el sonido de las cerillas, la abrió y tomó una. ¡Estaba usada! ¡Todas lo estaban!
Un tanto avergonzada, tiró la caja sobre la mesa y exclamó: "¡Están usadas! ¡No puedo creer que usted lleve cerillas usadas! ¡Mi padre nunca haría eso!"
Korzybski la miró con impaciencia y le dijo: "El mundo es un lugar mucho más grande y complejo de lo que tu padre o tu madre pudieron nunca imaginar"; y dejó, nuevamente, la boquilla en la mesa.

Minutos más tarde, sacó una tercera caja del bolsillo y la puso sobre la mesa. La chica, sin esperar a que Korzybski cogiera la boquilla, se acercó la caja al oído y la agitó. ¡Nada! La devolvió a la mesa, miró con sorna al viejo calvo y regordete, y se sentó nuevamente con un aire triunfal.

Korzybski, sin dejar de hablar, se puso la boquilla en la boca, tomó la caja y la abrió con un golpe seco. Estaba llena de cerillas; tan llena, de hecho, que no quedaba espacio para que se movieran o hicieran ruido. Sin darle importancia, tomó una, la golpeó contra la caja y encendió por fin su cigarrillo. Y así continuó con su conferencia, mientras la chica, a su lado, se sentía cada vez más molesta, fascinada -y pequeña.
El segundo, una anécdota de un monje zen contada por Alan Watts.

El monje había sido invitado a la ceremonia del té en la mansión de un prominente político. Una vez allí, constató, al detectar una cierta calma en sus movimientos, que una de las sirvientas había recibido entrenamiento zen; así que cuando hubo concluido la ceremonia y empezado el momento de la charla informal, el monje le hizo señas para que se acercara. Cuando la tuvo enfrente, le dijo: "Quiero hacerte un regalo"; y tomando con las pinzas un carbón ardiente del incensario que estaba a su lado, se lo ofreció.

Rechazar un regalo de parte de un superior es una afrenta inconcebible en Japón; así que la muchacha alargó las mangas de su precioso kimono ceremonial y tomó el trozo de carbón con ellas, quemándolas horriblemente.

Acto seguido, la muchacha respondió: "También yo quisiera hacerle un regalo"; y procedió a ofrecerle otro pedazo de carbón al rojo vivo. "Muchas gracias", replicó el monje, mientras lo usaba para encender el cigarrillo que ya había preparado.

miércoles, septiembre 13, 2006

La eficacia no importa, o de cómo justificarse con estilo y convicción

En el mismo libro de Treacher y Carpenter me he topado con esta sabia y contraintuitiva reflexión:
...Hay una serie de razones por las que la investigación acerca de la eficacia de la psicoterapia tiene poca influencia en la práctica -la más importante es sencillamente que la eficacia no es importante. El término medio de los profesionales actúa bajo la influencia de otros profesionales cuyo trabajo les interesa por razones emocionales e intelectuales.
¡Cuán cierto es! Pues, en el fondo, somos terapeutas para buscar nuestra propia cura -cincelar nuestro propio camino en la trama del universo. De ahí nuestra capacidad para "resonar" con el sufrimiento ajeno, nuestra paciencia -y nuestros puntos ciegos y flaquezas.

Así que nuestras teorías son, muchas veces, meras palabras que intentan justificar nuestros actos.

Demasiadas palabras, para la simplicidad del Tao.

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martes, septiembre 12, 2006

Somos habitantes del Monte Lu (o no se puede cambiar el mundo)

Del anterior post se desprende una reflexión breve y contundente: la mirada "desde afuera" no existe. El terapeuta es parte inseparable del "sistema terapéutico", conque no puede "afectar" unidireccionalmente a la familia o a las personas en ningún sentido.

Así como la idea de "cambiar el mundo" deviene absurda en cuanto uno repara en que es parte de lo que ha de ser cambiado, así el "cambiar a la familia" (o "el patrón", o "el problema", o "las jerarquías", o cualquier cosa) se vuelve un sinsentido cuando uno admite, en lo más íntimo, el "surgimiento mutuo" de la realidad, la mutua interdependencia de todo lo existente. Porque, entonces, se comprende que es imposible "salirse" para alcanzar una "mirada desde ninguna parte" (según la feliz frase de Thomas Nagel) o curar el yo usando el propio yo (como descubrió el Buddha) o "cambiar el sistema desde dentro" (como gustaba de advertir Bateson: nunca estarás "fuera" y nunca "cambiarás" nada).

Creo que la manera más hermosa de expresar esta verdad es un poema de Su Dongpo, de la dinastía Song:

El Monte Lu
Desde ese lado, un pico;
desde éste, una pradera.
Lo mires desde arriba o desde abajo
Nunca será el mismo.
¿Cómo es que no podemos descubrir
la auténtica forma de esta montaña?

Es que, ¡oh, amigo mío!, tú y yo somos
Meros habitantes del Monte Lu.

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Las familias también piensan, o del colmo de la terapia estratégica

La pausa y la estrategia en terapia
Uno de los puntales de la terapia estratégica es la pausa para "consultar con el equipo terapéutico" que observa desde el otro lado del espejo. Se supone que, durante dicha pausa, el equipo analiza la entrevista y perfila una "intervención" o una "estrategia" destinada (en función de la teoría que se asuma) a "cuestionar la epistemología de la familia", "aumentar su implicación emocional mediante la confrontación", "evidenciar los conflictos y lealtades subyacentes", etc. Luego, el terapeuta vuelve a entrar a la consulta, pone en práctica dicha estrategia y (según el modelo clásico y para no "diluir" la potencia de la intervención) despide a la familia sin más "hasta la próxima cita".

"¿De qué estarán hablando allí detrás?"
Es posible que este procedimiento genere cierta incomodidad en algunas familias; si es así, procuran no decirlo -¡son muy comprensivas con los terapeutas! Cabe imaginar, de todos modos, que las familias se preguntan qué hacen los terapeutas cuando no los están viendo -como se lo preguntaría cualquiera si supiera que van a hablar de él a sus espaldas. Pues bien: como testigo recurrente de estas escenas, me atrevería a responder que los terapeutas no hacen demasiado. Aunque también hacen más de la cuenta.

Me explico. Parte del proceso consiste en "elaborar hipótesis" que muestren la "circularidad sistémica" del síntoma, el por qué la hija deja de comer cuando el padre se encierra en su mutismo como respuesta a las veladas críticas de la madre. A continuación, un par de ejemplos de hipótesis perfectamente defendibles:
  • La hija, a través de su anorexia, se está sacrificando con el fin de desviar la atención de los padres hacia su enfermedad y no hacia sus conflictos maritales, derivados de la continua intrusión de la abuela paterna. Al mismo tiempo, mantiene a raya a la madre sin dejar de responder a sus constantes instigaciones en contra del padre.
  • La anorexia de la hija es un chantaje que permite equilibrar el juego de poderes de la familia, pues sostiene una coalición que ha establecido con su padre en contra de su madre, en dependencia de la que ésta ha mantenido con el abuelo paterno. El síntoma viene a ser una "huelga de hambre" con la que la chica amenaza a su madre cada vez que ésta pretende alejarse de su padre, y a la vez, mantiene al padre a distancia de la madre.
"¿Se lo puedes decir a la familia?"
Yo solía también proceder así, hasta que un día, uno de mis maestros, particularmente sagaz, interrumpió una de estas "hipótesis" preguntando: "y esto, ¿se lo podrías decir a la familia?" Y ante nuestras caras de perplejidad, continuó: "es que si no puedes, posiblemente no te sea de mucha ayuda, ni a ellos tampoco. ¿Qué les parece si nos dedicamos a pensar en cosas que sí podamos decirles?"

Entonces empecé a vislumbrar el valor de la terapia yin. Hacíamos demasiado, elaborando hipótesis cada vez más complejas y estilizadas para "explicar" el síntoma; y demasiado poco, pues nuestra "explicación" no nos permitía comprender a los miembros de la familia, resonar con su dolor y su pasión, hablarles desde el corazón y en términos que pudieran comprender.

Demasiado, pero muy poco en realidad.

El colmo de la estrategia: o las familias también piensan
Hoy he recordado esa escena a propósito de la siguiente viñeta (tomada de Problemas y Soluciones en terapia familiar y de pareja, de J. Carpenter y A. Treacher, quienes a su vez la tomaron de Brian Cade):


¡Fantástica! Porque saca a la luz el absurdo de la "estrategia" llevada al extremo: que las familias también piensan y, a veces, piensan acerca de sus terapeutas. Pero la teoría estratégica suele suponer o que no lo hacen o que lo hacen con menos "habilidad" que el terapeuta, que tiene que "engañarlos por su propio bien" o someterlos a una "contraparadoja terapéutica" para "forzarlos a salir del atolladero".

No nos extraña, como terapeutas, encerrarnos durante media hora en una habitación a perfilar una "estrategia" para abordar a la familia; ¡pero nos parecería una aberración que la familia hiciera lo propio! Y sin embargo, estarían en su derecho; sin embargo, lo hacen constantemente -sólo que sin usar términos como "coalición", "mistificación" y "jerarquías".

Así, cuando deja de ser un aspecto para convertirse en la totalidad de la terapia, la estrategia sirve básicamente para distanciarnos de las familias -y mantener la ilusión de que podemos verlas "desde fuera", elaborar "tácticas" y "modificar su estructura o epistemología".

Porque, mal que nos pese, los terapeutas también somos humanos.

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